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La de mil amores


HOY

El viejo Lato Robinson era maestro de universidades y fiel lector de las novelas griegas. Cuando miró el rostro de su hija por primera vez no dudó en nombrarla ¡Helena!… “La de la hermosa cabellera”.

Laura, madre de la niña y con fama de bruja en Diriomo no se opuso a la decisión de su esposo, pero le recordó que los nombres muchas veces indicaban el destino de las personas y en este caso, la Helena de la historia, había sido manzana de discordia.

No pasó mucho tiempo para que se comprobara la teoría de los destinos. Laura empezó a notar un espíritu rebelde y hambriento pegado en el aura de su pequeña. Intentó desprendérselo con oraciones, especias y todo tipo de reprensiones, pero todo fue en vano. La entidad se había sujetado fuertemente a ella y empezaba a causar problemas.

El viejo Lato jamás creyó tal cosa. Para un letrado como él, esas creencias solo eran parte del realismo mágico de Latinoamérica. Su manera de pensar fue invariable, pero su muerte imprevista marcó la vida de su hija para siempre.

Una mañana de octubre, en plena tormenta Nate, el viejo sabihondo encontró a su hija besándose con un muchacho, se encolerizó tanto que sufrió un infarto. Murió de inmediato.

Cuando Laura se enteró de las circunstancias en las que falleció su marido atribuyó la desgracia al supuesto espíritu siniestro que dominaba a Helena, “sos la única culpable. No quiero a un ser tan perverso como hija”. El odio de la mujer creció tanto que decidió entregarla a un convento e irse a Costa Rica para alejarse de la maldición de su vientre.

La vida lejos del oscuro mundo de su progenitora le resultó a Helena un alivio. Le gustaba visitar la biblioteca. Jugar con el perro que cuidaba los dormitorios de las monjas. Mujeres de sangre calma que nunca habían admirado su feminidad frente al espejo. Todo muy contrario a ella. La niña precoz, que a sus 14 años ya contaba con una imaginación desbordada.

Las religiosas por supuesto notaron las inquietudes de la joven y resolvieron inculcarle hábitos de adoración al Creador. Rezaban para salvar su inocencia estropeada y el ritual brindó paz por un tiempo.

Una noche, presa de la sed, Helena despertó, se encaminó al fregadero y escuchó un ruido extraño proveniente del altar de La Dolorosa. Curiosa, fue a ver de qué se trataba y descubrió a dos ladrones que querían robar el baúl de las limosnas. Les siguió la pista en silencio hasta sorprenderlos.

De inmediato, todo el gremio se puso en pie. Gracias a la joven el dinero recaudado por largos meses para la construcción de la nueva ermita en la comunidad estaba intacto. Los malandrines se llenaron de resentimiento contra Helena y la maldijeron muchas veces antes de salir derrotados de la casa santa.

A los 20 años, Helena era toda una experta en letras y teología gracias a las clases impartidas por el sacerdote. Diariamente, se encerraban en una habitación a devorar libros y practicar el latín.

En ese lapso hubo muchos murmullos por parte del cuerpo religioso. Las monjas se enteraron de que su padre había muerto al verla besarse con un joven y también que su madre la había abandonado sin ninguna lástima. Otra de las habladurías de las religiosas era que Helena todas las noches se citaba con alguien distinto en los jardines traseros del convento.

Los chismes por supuesto tenían ciento por ciento de verdad. La belleza de la muchacha había seducido a casi todos los hombres del pueblo y el templo estaba cayendo de tantas visitaciones. “Sos confusión niña”, decían las novicias cada vez que esta llegaba a sus ‘cárceles habitacionales’ a limpiar.

Cuando Helena dejó el convento, todos la despidieron con simpleza. Nadie sospechó lo que tenía en mente. Al mes, la Policía llegó en busca del sacerdote, ella había puesto una denuncia en su contra. Le acusó de vender indulgencias, o sea, comercializar el perdón y la entrada al paraíso como lo hacían en tiempos de Lutero.

Las investigaciones comprobaron tal inculpación gracias a las pruebas presentadas por los enamorados de la vivísima. Sus reuniones diarias resultaron como esperaba, los había entrenado para mentir. ¿Qué les prometió a cambio? No se sabe. Pero la mentira fue creída por las autoridades más altas.

El caso de Helena fue bien sonado en todas las televisoras del país. Se supo que gracias al gobierno, mejoró su calidad de vida, adquirió una casa y mucho dinero. En poco tiempo estuvo gozando de los frutos de su viveza. Se había aceptado malintencionada como nunca antes.

Su vida solitaria le permitió tener muchos amores. Tuvo pasiones semanales, semestrales, anuales, pero, jamás se quedó con ningún hombre por temor a perder su libertad. Esa impunidad que había desarrollado en la vida después de ser satanizada desde la infancia.

Poco a poco se fue convirtiendo en un ícono de belleza e inteligencia en el país. Llegó a influenciar a presidentes y hombres de arte. Su madre regresó a buscarla cuando se enteró de su gloria y buena condición económica. La pequeña niña precoz, la abandonada, la bandida del convento, la mujer de mil amores, era capaz de asumir su naturaleza y ser feliz a toda costa.

El desenfreno de su vida casi se detuvo cuando conoció a Róger, el carpintero. Su madre en sus supersticiones le recomendó tomarlo como marido debido a su vocación santísima. “Jesús también fue carpintero, las cartas dicen que te hará feliz”, le decía, pero Helena hacía caso omiso a las adivinaciones, actuaba por impulso. Y también lo dejó ir pasado un tiempo.

Con el paso de los años, después de haber cambiado tanto de camino, después de haber derretido a tantas personas con sus llamas. Encontró a José, otro de su especie, un viajero sin morada. Un hombre igual de complejo que borraba su pasado a cada instante y que le enmarañó la vida.

Lo conoció en una ponencia del empoderamiento femenino. Él le dijo desde su asiento que no era su dominio del tema lo que más le impactaba. Sino sus olores. En la sala se hizo silencio, Helena sonrió. Había encontrado, según ella, al hombre con quien podría guerrear y errar por el mundo sin problemas.

Del dicho al hecho fue todo un embrollo. Una mujer acostumbrada a tener a sus pies a todos los hombres que quería ahora tenía que seguir la pista de un desconocido. Uno que se había peleado con la fidelidad desde antaño. Un incorregible que no quería más que unas cuantas noches de locura.

El encontronazo con la situación le resultó duro. Su madre le hizo unos ungüentos contra el mal de amor, contra la inestabilidad, pero todo fue en vano. Se había enamorado de un bandido, un hombre que lograba descifrar todas sus artimañas con solo verla a los ojos.

Después de haber sido la reina de las trampas y los acertijos, se convirtió en la que esperaba, la que escuchaba en silencio una filosofía de vida libre que ya antes había practicado al pie de la letra. Una noche, desesperada por la soledad, le dijo a su madre que quería tener a ese hombre a como fuera. La anciana le dijo que fuera al mercado a buscar unas hojas de albahaca y unas velas azules. Helena condujo veloz.

Cuando ya tenía los encargos retornó a casa, pero la muerte le asaltó en forma de camión sin frenos. Murió al instante del accidente.

Cuenta la historia que a su funeral llegaron más de tres mil personas. La mayoría hombres. Todos lloraron inconsolablemente por cinco días a la mujer que habían amado tanto. Contaron cómo la habían conocido y entre las contiendas resaltaron las frases: “Yo fui su gran amor”, “ella me amó más que a todos”, “yo fui el primero en su vida”, “jamás la olvidaré”.

Así fue… nadie lograría olvidar tanta libertad y belleza andante. Solo un hombre, el único que no llegó a llorarla ni a rendirle honores; José… el hombre de su especie, el viajero sin morada.



confidencial

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