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Vargas, el candidato de coalición; el Verde, el partido de las maquinarias


La campaña electoral del 2018 tiene una primera gran novedad: en forma generalizada se usan términos que eran ajenos a la política colombiana hasta hace muy poco y que corresponden a categorías conceptuales que no siempre coinciden con la realidad política nacional.

Coalición, por ejemplo, es una palabra que no se usó en Colombia, aunque hubo momentos en que teníamos verdaderos gobiernos de coalición como en el caso del Frente Nacional, en el que liberales y conservadores se unieron para apoyar alternadamente gobiernos de cada uno de esos partidos.

Las coaliciones corresponden a mecanismos de alianzas entre partidos en sistemas multipartidistas para conformar mayorías. En Alemania, ayer, después de una larga negociación, la democracia cristiana pactó con la socialdemocracia la conformación de una coalición para intentar la investidura, por cuarta ocasión, de Ángela Merkel, y así sucede todos los días en todas partes.

En Colombia se han hecho necesarias las coaliciones después de 1991 con el fin del bipartidismo, pero realmente lo más parecido a una coalición formal ha sido el gobierno de Juan Manuel Santos, que incorporó desde la segunda vuelta de la elección de 2010 a los liberales, a Cambio radical y a los conservadores.

Lo que parece novedoso y curioso son las coaliciones para las elecciones, como ocurre en Chile y en algunas otras partes. Para que una coalición tenga el efecto esperado, que es que sume electores, se requiere una condición que en Colombia no existe que es una alta militancia y lealtad con un partido. Al contrario, cada vez existe un mayor desapego por los partidos, es decir que cada vez menos los ciudadanos votan por los que los partidos o los líderes políticos les señalan y por tanto buena parte de los anuncios de coaliciones son “cañazos” en los que supuestamente suman votos que no son de los que los ofrecen.

Por ejemplo, ¿cuántos de los más de dos millones de votantes de Martha Lucía Ramírez de hace cuatro años están esperando su indicación o la del Partido Conservador, o la de las “bases”, o de los “jefes naturales” para decidir su voto? ¿Cuántos repetirán su voto por Ramírez si se presenta como candidata?

La misma pregunta cabría, por ejemplo, con Petro. En el caso del exalcalde surge otra condición que en Colombia tampoco se cumple y que es necesaria para que las “coaliciones” sumen, que es un alto grado de ideologización de los votantes.

Esa es otra generalización novedosa en estas elecciones. Resulta que ahora, de un momento a otro, todos los votantes saben dónde están ubicados en el espectro político y son de izquierda o de derecha o de centro izquierda o de centro derecha. Claro que no, ya quisiéramos. En Colombia la inmensa mayoría de los ciudadanos no sabría dónde ubicarse y no decide su voto por eso.

Los potenciales votantes de Petro, que están ubicados en los estratos más bajos, no votan por él porque sea de izquierda sino porque sienten que se preocupa por sus problemas, precisamente por las mismas razones que votaron masivamente por Uribe y por Santos en 2006 y 2010 y lo harán por candidatos de muy diversas tendencias para el Congreso, y si el exalcalde no está en el tarjetón no necesariamente votarán por quien él diga.

Las coaliciones verdaderas se hacen entre partidos u organizaciones y no con candidaturas unipersonales como las de Fajardo, Petro o Martha Lucía. Los electores no van para donde ellos digan sino para donde quieren. Por ejemplo, muy difícilmente los potenciales electores de Fajardo se hubieran sumado a una candidatura de Jorge Robledo si la Coalición Colombia lo hubiese escogido como candidato.

Vargas está haciendo una especie de “coaliciones regionales”, sumando organizaciones sin importar de donde vienen. En Sucre sonsaca un sector del Partido Liberal, en Caldas a uno de la U, en otros departamentos se junta con los conservadores, en Bogotá suma a Viviane Morales, en el Cauca seduce al exgobernador Ortega, que se aliaba con los sectores alternativos propaz y ahora lo hace con la política tradicional antipaz. Esa sí es una coalición variopinta y probablemente efectiva porque los potenciales electores de sus aliados tienen una mayor disposición a esperar las “instrucciones” de las cabezas de esas organizaciones.

Paradójicamente, los verdes, que en muchos análisis los califican de “independientes”, lo que tienen para aportar en la coalición con Fajardo son sus maquinarias, no la opinión. Ese partido ha logrado reunir organizaciones políticas regionales basadas en los poderes de alcaldías y gobernaciones al mejor estilo de los partidos tradicionales y esas máquinas serán su base electoral para el Congreso: Camilo Romero en Nariño, Jorge Londoño en Boyacá, Jorge Iván Ospina en Cali, Carlos Caicedo en Santa Marta, Sorrel Aroca en el Putumayo.

El juego está divertido porque hay unos que, como en el póker, andan “cañando” con un “par doses”, aprovechando que los “analistas” y los medios han ayudado a construir unos mitos: que sin coaliciones nadie gana, que los cristianos ponen tres millones de votos, que Uribe representa a los del NO y por tanto tiene el 50% del electorado, que Petro es un gran elector a pesar de que su candidata a la Alcaldía de Bogotá quedó tercera. En fin.

Las elecciones no las gana el que sume alianzas con organizaciones inexistentes o partidos débiles, sino el que logre representar el dilema que resulte determinante para los electores: establecimiento vs antiestablecimiento, paz vs no paz, o el que se posicione en la campaña. Por ahora, van sacando ventaja los que cañan, pero el juego no ha terminado.


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