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Trump y los ‘países de mierda’


Ya había suficiente tensión en el ambiente político de Washington cuando el jueves pasado el presidente Donald Trump soltó, según fuentes del Washington Post que estaban presentes en una reunión en la Casa Blanca, uno de sus comentarios abiertamente racistas.

Acompañado de senadores y congresistas demócratas y republicanos que buscan consenso para encontrar una solución al estatus de casi 800,000 mil jóvenes que llegaron de manera ilegal a Estados Unidos cuando eran niños, al hacerse mención de la posibilidad de reinstaurar a nacionales de ciertos países el estatus de protección temporal (TPS), al parecer el presidente dijo, “¿Por qué recibimos a gente de países de mierda?”. En concreto se refería a africanos, salvadoreños y haitianos. Comentario que sus portavoces no desmintieron, aunque unas horas después éste negó vía Twitter haber empleado un lenguaje vulgar.

En una conversación en la que el tema central era hallar salidas para los 800,000 mil “Soñadores” que hasta hace cuatro meses se beneficiaron del programa de DACA, otorgado por el ex presidente Barack Obama y gracias al cual tenían un permiso temporal de residencia, una vez más la suerte de este grupo, cuyas raíces están en su país de adopción, se ha visto eclipsada por el escándalo y la indignación de muchos, excluyendo, claro está, a quienes votaron por Trump confiando en que impulsaría una agresiva política anti migratoria.

En dicho encuentro presuntamente el mandatario expresó que antes de beneficiar a los haitianos que en su día se asentaron en Estados Unidos por el terremoto que en 2010 asoló a su país, a los salvadoreños que aquí han formado familias huyendo en el pasado de una cruenta guerra civil o nacionales de Sudán o Somalia que se salvaron de conflictos bélicos y de la hambruna para emprender una nueva vida en territorio estadounidense, por qué no otorgarles ese incentivo a los noruegos. Eso fue lo que supuestamente dijo ante el estupor de unos y otros.

Más allá del desprecio que Trump no oculta hacia los ciudadanos de ciertos países, es evidente que el presidente habla sin entender para qué se crearon programas como el TPS, establecido en 1990 con el fin de otorgarles protección temporal y renovable a naturales que no podían regresar a sus países sin correr riesgos debido a conflictos armados, catástrofes naturales u otras condiciones excepcionales. La mayoría tuvo descendencia en Estados Unidos y formó comunidades laboriosas. En suma, hay razones de sobra para restituirles el TPS a quienes cumplen debidamente con los requisitos. Eso es lo que en la reunión de marras unos y otros intentaron hacerle ver al presidente.

Sin embargo, pasando por alto (¿acaso por ignorancia?) lo que implican el TPS o el programa de DACA, Trump no se contuvo a la hora de decir lo que realmente desea: que vengan a los Estados Unidos los rubios y lozanos noruegos para contribuir a “hacer a América grande nuevamente”. Le da lo mismo (¿o acaso también lo ignora?) que Noruega no ha sufrido desastre alguno que amerite una protección especial. En realidad le importa poco o nada que, según los índices de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD), el país escandinavo se sitúa muy por delante de Estados Unidos en calidad y esperanza de vida. De hecho, los noruegos ocupan el primer lugar, antes que Australia y Dinamarca, por su alto nivel académico, sus elevados sueldos y una esperanza de vida que supera los 82 años. Entretanto, de acuerdo a cifras oficiales, en los últimos dos años los estadounidenses han reducido su esperanza de vida en una primera potencia donde el sistema de salud pública continúa siendo un caos que ni republicanos ni demócratas han logrado mejorar.

¿Por qué sueña el presidente con repoblar Estados Unidos con noruegos? Me temo que la respuesta está vinculada a las peligrosas ideas de quienes defienden el nacionalismo blanco, como su ex asesor Steve Bannon, hoy en desgracia por contar los supuestos trapos sucios de una Casa Blanca dominada por un jefe de estado errático y adicto a las redes sociales.

Lo que está claro es que, a diferencia de sus admirados escandinavos, para Trump los africanos, haitianos o salvadoreños (que no se hagan ilusiones otros latinoamericanos) no merecen ni la luz del día. Se trata del mismo hombre que en la campaña electoral presumió de que podía “matar a alguien a tiros en plena quinta avenida”, y aún así ganar las elecciones. Cuánta razón tenía.

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