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La mente en las suelas


Si bien aún no hay datos certeros sobre los números de esta temporada, las largas colas de automóviles en las rutas, de carritos en los supermercados, los hormigueros espontáneos que surgen en las playas y en los campings son una prueba fehaciente del desborde humano del inicio de enero.

Buena parte de las personas que se acercan a la costa pretenden un reencuentro con la naturaleza, un baño que retrotraiga al vientre inicial, un regreso a Walden (ya verán por qué), pero con tanto congénere cerca, tanta radio, olor a frito, a nafta, a charla ajena, a moto de agua, la tarea se vuelve virtualmente imposible.

¿Queda alguna vía de escape? El verano inclina térmica y espiritualmente hacia el individualismo. Estar callado, escuchar los sonidos de lo aún todavía no corrompido, escuchar el silencio.

Ante las dificultades de la estación, uno de mis escapes preferidos es el atajo de la mente, que a su vez bifurca y despliega dos variantes: pensar y leer. En todo caso, qué forma más individual de conversar con “otro” que es uno implica la lectura, uno de los más suculentos y conversados egoísmos que ha inventado nuestra especie.

Sobre la mesa de luz se acumulan torres de volúmenes atrasados. Uno de ellos viene al caso: Caminar, del escritor estadounidense Henry David Thoreau, publicado en 1851.

Thoreau predicó la caminata como un arte, una manera (no única, pero fundamental) de aprehender la Naturaleza (como buen trascendentalista, la escribía con mayúscula) que no era otra forma de recorrer los reinos de un creador absoluto sino también de conocerse a uno mismo. Las conexiones con textos sagrados de la India y con una escuela del cristianismo son notorios, y Thoreau resume en un texto bastante breve (apenas 55 páginas, en la edición de la editorial argentina Interzona) las raíces vitales de dar un paso tras otro, atravesando bosques, llanuras y territorios vírgenes y salvajes en busca del conocimiento.

Fiel heredero del otro lado del Atlántico del movimiento romántico, pensaba que los grupos sociales corrompían al ser y su espíritu, y por lo tanto la mejor decisión era construirse una casa en medio de la fronda y dedicarse a observar los actos más determinantes de la vida. La elección implica decisiones duras: Thoreau lleva al caminante al extremo de abandonar familia y terruño para emprender el viaje hacia un nuevo horizonte tan geográfico como personal, en una época en que los Estados Unidos se expandían de manera casi infinita hacia el Pacífico.

Pensar y leer, en cualquier mes del año, no implican gran descarga física, pero entonces la lectura de Caminar lleva al ejercicio y enseguida la proyección irrumpe dentro de nosotros. ¿Cuál es nuestro horizonte hoy? ¿Cuáles los abandonos y las renuncias? ¿Hasta dónde permitir que la vida social penetre en la intimidad e interrumpa el diálogo precioso con nosotros mismos?

Quizá las respuestas se encuentren en la propia caminata, cuando la mente se desliza en las suelas de los zapatos. ¿Cuándo caminar en verano? El sol es un amigo particular. Muy temprano en la mañana, cuando los músculos humanos todavía descansan de la jornada anterior, la intensidad contenida deja campo libre al camino. Las horas del amanecer y las primeras luces, cuando todo está en potencia, son una inspiración para el alma. Del otro lado, la caída del sol, la transición cromática que Blanes captó tan bien con el óleo, es la hora simétrica que completa el pateo del día.

Volver a la lectura del texto luego de caminar es entrar, de nuevo, en la cinta sin fin de los recovecos del tiempo, donde 167 años se funden, acuosos, en el papel.

La entrada al verano es caótica y desesperada. El transcurso es cambiante y el cuerpo desenchufa de forma misteriosa. Caminar, recorrer las páginas y hundirse en el mar (tres actos paralelos) son el más recomendable salvoconducto.





elobservador

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