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Vividores del conflicto | elPeriódico de Guatemala


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De las etiquetas más arteras que los parásitos de la impunidad le han endilgado a la cooperación internacional en Guatemala(y a su multitud de tentáculos y oenegés) es la de vividores del conflicto. Creo entender a qué se refieren.

La firma de la paz en 1996 dejó “sin oficio ni beneficio” a muchos actores directos de la guerra precedente. El Ejército tardó una década en reducir apenitas su número de elementos activos, y en el ínterin floreció entre sus miembros y ex miembros el negocio de la seguridad privada: está claro que la industria del miedorepresenta, aquí,un mercado para forrarse hasta las cachas.Hoy, más que legión, estas empresas son ya una epidemia.Abundan los militares involucrados también, desde la década del setenta, en el crimen organizado: contrabando, secuestro, trasiego de armas y de drogas… ¡esa escoria de gente sí que vive del conflicto!

Por su parte, los compas desmovilizados de la insurgencia (y, sumándose a ellos, el montón de intelectuales revolucionarios que volvieron del exilio)sin hueso en la academia ni en la política ni en la prensalograron, algunos, colarse en la iniciativa privada. El resto, la aplastante mayoría, al carecer de fogueo empresarial se prendieron de lo único que les quedaba, que no era poco: el grueso flujo de dólares y euros captados de las agencias nodrizas y los países amigos.

Bien, pero ¿por qué vividores del conflicto? Se me ocurren dos explicaciones. La primera es que su función consiste, de hecho, en hacerse cargode todos aquellos problemas ocasionados por la ausencia/ineficiencia/corrupción del Estado.Así pues, trabajar para una oenegé supone recibir dinero (y vaya si algunos salarios son dignos de envidia) a cambio de ofrecer soluciones de parche ahí donde las instituciones de gobierno se muestran incapaces cumplir con sus responsabilidades –o sencillamente se desentienden de ellas.

Vivir del conflicto es entonces, ¿por qué no?, ganarse la vida resolviendo clavos que hubieran podido preverse y apagando fuegosque hubieran debido evitarse. Hay gente experta en eso: saben hacerlo muy bien. Otros, en cambio, tienen como prioridad eternizarse en sus cargos y seguir cobrando mes a mes sin importarles si el dinero ejecutado sirve para algo útil o nomás le tapa el ojo al macho.

Para colmo, –y aquí viene la otra explicación, mucho menos benévola que la anterior– los fondos que manejan son motivo de conflictoporque, en vez de contribuir a que la sociedadconsciente se organice como un todo en pos de objetivos comunespara transformar la realidad, lo que logra, así sea sin proponérselo, es todo lo contrario: fragmentarla, obligarla a competir, dispersar los esfuerzos, atomizar las energías, desenfocar el láser dela indignación, debilitar cualquier posibilidadde cambio estructural.

No hace falta ser dinosaurio de derecha para objetar, como yo, elefecto perverso de las modas culturalistas al uso: feminismos, indigenismos, ecologismos, derechos de los discapacitados, de los niños, de los adultos mayores, de la comunidad gay, de los transexuales… Sobre todo si no subsisten de manera autónoma, sino sólo gracias a un dinero ajeno cuyo poder termina imponiendo su propia agenda.

Somos actores de un tiempo en el que nuestro país se juega el todo por el todo y la supuesta ‘ciudadanía’ empoderada, lejos de hacer bulto y sumar esfuerzos, lo que hace es reñir entre sí, a codazos y zancadillas, correteando financiamientos, lamiendo culos foráneos.



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