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Vía para el desarrollo y la equidad mundial


La ciencia es el conjunto de conocimientos objetivos y verificables, obtenidos de forma sistemática, en la búsqueda de la verdad. Es penoso que nuestros bachilleres en ciencia desconozcan el significado de la palabra; pero este artículo no es sobre la pobre educación. Es sobre su hermana huérfana: la ciencia.

Entre la ciencia y la tecnología aportan los conocimientos que luego se convierten en inventos, y nuevos y mejores productos en el mercado. Juntas han mejorado nuestra esperanza de vida al nacer, telecomunicaciones, transporte, salud, al igual que muchas otras cosas en nuestra vida diaria. Tanto así que la agenda 2030 de las Naciones Unidas, reconoce que la inversión en ciencia y tecnología hace que las naciones sean capaces de enfrentar los retos. Por esa razón, las naciones industrializadas hacen que sus economías reposen sobre una plataforma que pone en contacto y promueve la cooperación entre: universidades, instituciones públicas y privadas relacionadas con la ciencia y tecnología, científicos, ingenieros y empresarios. Es responsabilidad de los gobiernos el fomentar el intercambio de información y facilitar la financiación para la investigación científica y tecnológica; sin escapar de su responsabilidad de hacer inversiones directas y de velar por la efectividad en la inversión pública en cada área.

La inversión en innovación, manejada de forma adecuada, debe reflejarse en: nuevas empresas, más competitividad, más exportaciones, más riqueza, más empleos, más obras sociales, mejoras en infraestructura y mejor calidad de vida. Sin embargo, la poca inversión en innovación va de la mano con ganancias dependientes de monopolios u oligopolios contrarios a los principios de libre mercado. Esto lo resentimos todos, ya que nos afecta, por ejemplo: los precios de los bienes raíces o de la canasta básica. Parece que para hacer dinero basta con ser el más “astuto” (por no decir corrupto), y aprovecharse de ser influyente en un gobierno, embolsarse algunos reales en licitaciones públicas, conseguir la adjudicación de algún monopolio o sencillamente participar del rejuego entre inversiones y toma de las decisiones que afecten los precios de mercado (solo por dar algunos ejemplos).

Según la Unesco, en países desarrollados, el presupuesto para investigación y desarrollo, es de entre 2% y 4% del producto interno bruto. El promedio mundial era de 2.23% a 2015. Sin embargo, en Panamá, la inversión en ciencia y tecnología se mantiene en un vergonzoso 0.1% anual del producto interno bruto, a la par de países amigos, como: Kirguistán, El Salvador, Burundi y Bahréin. Esto nos coloca por detrás de nuestros vecinos: Costa Rica (0.6%) y Colombia (0.3%). De hecho, nuestra inversión en ciencia ni siquiera aspira a verse a la par de países hermanos como: Kenia (0.8%), Etiopía (0.6%), Palestina (0.5%), Botsuana (0.5%), Mozambique (0.4%), Ghana (0.4%), Namibia (0.3%), Burkina Faso (0.2%), Bolivia (0.2%), Azerbaiyán (0.2%) o Armenia (0.2%). Para creernos Singapur de América, aún nos falta un poquito; ya que Singapur invierte 2.2% de su producto interno bruto en investigación y desarrollo.

No es menos preocupante la casi nula inversión en ciencia, tecnología e innovación por parte de la empresa privada (menos del 3% del ya ridículo presupuesto), cuando se compara con Corea del Sur o Israel; en donde la empresa privada financia el 78.2% y 84%, respectivamente.

Hasta el momento, hemos dependido de la importación de tecnología, que resulta relativamente nueva en la región (ventaja del atraso); pero, si seguimos dependiendo de esa ventaja del atraso, siempre estaremos atrasados en relación al mundo desarrollado. Esa parece: “la receta perfecta para la mediocridad”. Mientras tanto, nuestros científicos encuentran poco atractivo trabajar en un medio con muy pocos incentivos, salarios bajos, infraestructura limitada y poco reconocimiento. Esto ha llevado históricamente a la fuga de cerebros que ha desencadenado un círculo vicioso; ya que también es poco atractivo hacer ciencia en un lugar con poca gente haciendo ciencia.

Esperemos que el inicio de 2018 produzca una reflexión profunda, en nuestros país. Es hora de replantear nuestro modelo de desarrollo económico y tomar en cuenta que somos los responsables de generar nuestra propia riqueza; para lo cual es indispensable generar nuestro propio nuevo conocimiento, nuestra propia tecnología y nuestras propias innovaciones.

El autor es PhD en ciencias de la visión máster en administración de negocios y máster en ciencias políticas.



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