Rodexo
El Salvador países

La guinda invisible – ElFaro.net


“Yo salí sin nada, sin nada, ¡créamelo! No saqué, pero ni siquiera unos centavitos para darles de comer a mis hijas afuera. Y ya estando en la calle, me habla la vecina y me dice, ‘¿usted denunció a la persona?’”.

María no lo había denunciado. Ella sabía muy bien que una denuncia ponía en riesgo su propia vida y la de sus cuatro hijas, y a pesar del dolor y de la rabia que llevaba dentro, no podía correr ese riesgo. Pero alguien lo denunció y a María y su familia no les quedó otra opción que dejar todo atrás y huir. Hoy, ellos son un caso más en esa estadística oficial que no existe en El Salvador, la de los desplazados forzosamente por la violencia.

Cada año, el día 10 de diciembre se celebra el día mundial de los derechos humanos. Ese día, en todo el mundo, se organizan foros y se lanzan campañas, políticos y diplomáticos dan declaraciones y se firman compromisos. No sé si María lo sabe. No sé si eso a ella le trae algún beneficio, pero ese no es el punto aquí.

El punto es que nosotros, quienes nos podemos dar el lujo de reflexionar y conmemorar, porque no estamos ocupados día y noche con sobrevivir, lo hagamos. Y esto requiere más que compartir una imagen o un video alusivo en nuestro muro de Facebook y también mucho más que escribir esta columna. En estos días sobran los diagnósticos, los análisis y las estrategias. Lo que hace falta es la voluntad de cambiar como sociedad para llevar a la práctica estos derechos fundamentales que están escritos. Un verdadero cambio, en este sentido, comienza por la empatía, por conocer al otro y compadecernos ante el sufrimiento ajeno y por indignarnos. Por eso quiero ocupar el espacio de esta columna para contar la historia de María y dejarla hablar a ella.

Tuve la oportunidad de conversar con María en varias ocasiones en el contexto de un proyecto de investigación en el cual estoy trabajando. Obviamente, el nombre de ella y los nombres de las demás personas que aparecen en este texto son ficticios para proteger su identidad.

María es una mujer despierta y bajita en sus treinta. Tiene esposo y cuatro hijas. Su piel quemada, sus manos y su rostro hablan de las preocupaciones de una vida agitada y del trabajo arduo en el campo. De la primera entrevista salgo perplejo. María y su familia han sido víctimas de un cúmulo impresionante de diversas violencias y me pregunto cómo puede esta mujer seguir de pie.

Hace algunos años, su esposo, motorista de un bus de ruta, fue atacado por un grupo de pandilleros. Recibió siete balazos y sobrevivió como por un milagro. El caso salió en las noticias y la nota decía que él había reconocido a los pandilleros que le habían disparado. Un detalle fatal. La respuesta de las autoridades dejó frustrada a María: “Entonces nos dijeron los policías que teníamos que desalojar la casa. Por eso yo no creo en la justicia”.

En lugar de encontrar la protección de un Estado de derecho, fueron desplazados. Se fueron a vivir a un cantón lejano de la ciudad, donde vivía la familia de su esposo. Los problemas ya se veían venir, pero no tenían otra opción. María sabía que su suegra no la quería ni a ella ni a las niñas. Se lo había echado en cara infinidad de veces. “‘¿Por qué no tuviste niños? Pobrecito mi hijo. Él con esas niñas va a ser la desgracia’”, solía reclamarle a María. Para la señora las niñas no valían nada, eran una carga, una pérdida de tiempo, una maldición.

A María le tocaba salir todos los días a trabajar para sostener a su familia. A sus hijas las dejaba con su suegra confiando que, siendo su abuela, al menos las protegería. Se equivocó. El desprecio llegó a tanto que la abuela no impidió que un primo mayor de las niñas se acercara a Yohana, la hija menor de María. El muchacho la violó en repetidas ocasiones cuando la niña tenía tan solo tres años.

Yohana tardó varios años en encontrar las palabras y el valor de contárselo a su madre. Y al enterarse, María sintió que se le caía el mundo encima. Nada hubiera querido María más que denunciar ante las autoridades ese hecho atroz. Nada hubiera querido más que ver tras las rejas a aquel muchacho. Pero a la vez sabía que nada era más fatal que hacerlo. “’El día que usted toque a uno de mis niños, usted se va a arrepentir’”, le había advertido su suegra en más de una ocasión. Estas advertencias no carecían de fundamento. Uno de los nietos de la señora y parte de su familia tenían vínculos con una pandilla y María sabía muy bien qué significaba eso.

Poco después desapareció Vanesa, su hija mayor, quien en ese tiempo estudiaba bachillerato. “Pasé tres días que yo lloraba por mi hija y Dios me la devolvió. Me la fueron a dejar por un lugar bien solo. Me le quitaron todito”, relata María. A Vanesa la habían secuestrado. “Dice mi hija que los que la raptaron eran policías y le dijeron a ella, ‘solo porque nos han pagado no te hacemos nada’ y ‘no queremos verte en el cantón. Tienen que irse.’”

María nunca denunció nada. Ni la violación ni el secuestro. Fue una trabajadora de salud a la que María había confiado su historia la que, con el afán de hacer justicia, denunció el caso de la violación. Cuando un viernes por la tarde llevaron preso al muchacho, María y sus hijas salieron huyendo sin dinero, sin equipaje y sin rumbo. De ahora en adelante, su vida sería una sola huida, una guinda permanente. Buscaron refugio en casa de familiares, de amigos, de conocidos y desconocidos. Hasta la fecha llevan casi un año vagando, caminando errantes de lugar en lugar. Siete veces se creían seguros, siete veces tuvieron que salir huyendo. Esto ha dejado huellas profundas en todas ellas. Las niñas hacen preguntas, no encuentran sentido a esta odisea. “‘¿Mami, por qué nos movemos tanto? ¿Por qué no podemos llegar a casa?’”, preguntan sus hijas a María. “’A cada lugar que vamos dejamos un corazón’”, le dicen. María se lamenta: “Es bien duro saber que hay gente que hasta debajo de las piedras lo busca a uno. Y parece mentira que la gente diga, ‘¡Hay paz!’ No, para mí no hay paz.”

Del último escondite huyeron en la madrugada del mismo día en que me encontré con María por primera vez en las oficinas de una organización de derechos humanos. Era un cantón rural donde había que caminar una hora para salir y llegar a la siguiente carretera. El lugar, a lo largo del tiempo, había caído por completo en manos de una de las pandillas. Mientras vivían ahí, María moría de temor por sus hijas. “Mi hija de 14 años, no la podía sacar ni tan siquiera afuera por la edad que ella tiene… Si el jefe de la pandilla quiere esa niña, tiene que obtenerla y yo sentía pánico”.

María jamás había querido migrar, pero en El Salvador ya no hay vida para ellas. “Yo nunca pensé dejar mi país, yo amo mi país pero por amor a mis hijas”, dice. A María le duele la violencia que está abatiendo el país. “Yo digo que esto, o sea está peor que la guerra, porque por lo menos en la guerra, decía mi mamá, uno se iba para un lugar diferente, pero ¿y ahora?”.

Para ella, violencia “no solo es matar a una persona con un arma, sino quitarle el sueño a niños inocentes.” A Yohana, la hija de María, le quitaron el sueño, violándola en varias ocasiones cuando apenas tenía tres años. Hoy, años después, la niña sigue viviendo con ese trauma, con las heridas, con el miedo y el odio.

María también sabe qué es odiar. “Cuando salí de ese hogar, sí tenía un coraje horrible. He llegado al momento de decir, ‘yo, como quisiera tener un arma y a todos los que nos hacen daño matarlos.’ Es algo bien horroroso pensar eso, pero cuando uno lo vive uno sí quisiera tener un arma”.

Con el paso del tiempo y con el dolor impregnado en su alma cambió de parecer: “La venganza no es solución, empeora las cosas.” María comprendió que el problema iba más allá de su sobrino, de su suegra o de las pandillas. Ella ve las raíces de esta violencia en los hogares, en las familias, en la sociedad y en la manera de convivir. Ve también la inercia y la injusta violencia que ejerce el Estado. Y le indigna.

“Yo cómo deseara que los que están más alto que nosotros, los que tienen el poder, se preocuparan un momento, se detuvieran a pensar y se pusieran a analizar y no pelearan cada vez que hay votación por el voto, sino por ver las necesidades”.

Hoy por hoy sus súplicas no han sido escuchadas. El gobierno, sordo ante los llamados de atención de diversas instituciones nacionales y organismos internacionales, sigue sin reconocer el problema del desplazamiento forzado para poder vender los supuestos éxitos de una estrategia de seguridad que no es mucho más que represión y mano dura. De paso, revictimiza y burla frecuentemente a las víctimas de desplazamiento y otras violencias.

Sin duda, la responsabilidad no recae únicamente sobre el actual gobierno del FMLN. El fallo está de igual manera en el órgano legislativo, en el sistema judicial, en el partido Arena y en los demás partidos políticos que, cuando fue su turno, tampoco se interesaron por las necesidades de las víctimas. Y el fallo está también en una sociedad indiferente que vive a espaldas de los demás.

Ante este escenario, para María es un milagro haber logrado huir una y otra vez. También considera un milagro haber llegado a la organización de derechos humanos. Yo me atrevo a decir que si María no creyera en los milagros, muy probablemente ya no estuviera viva. No todos tienen la suerte de encontrar ayuda profesional. La Mesa de Sociedad Civil contra el Desplazamiento Forzado por Violencia y Crimen Organizado de El Salvador, compuesta por un conjunto de organizaciones de la sociedad civil, atendió entre agosto de 2014 y diciembre de 2016 a un total de 1322 víctimas de desplazamiento forzado interno. El Consejo Noruego para los Refugiados, una organización internacional con mucha trayectoria en el tema, sin embargo, calcula que en El Salvador hay alrededor 220,000 personas desplazadas por violencia. Son miles los salvadoreños que viven en una guinda invisible. Si el Estado salvadoreño reconociera el problema del desplazamiento forzado, si tan solo hiciera eso, las posibilidades de ayudar y garantizar los derechos más básicos a familias como la de María se multiplicarían grandemente.

Mientras tanto, “los que tienen el poder”, como los llama María, se dedican a celebrar veinticinco años de una paz que no existe. Ellos, al parecer, no han comprendido que la paz no se invoca celebrando banquetes de lujo y conferencias pomposas. Hay paz cuando hasta los últimos pueden vivir con dignidad. Nadie lo podría resumir mejor que María:

“Yo quisiera tener mi vida diferente, la que tenía antes, trabajar, sudar para ganarme el pan de cada día. Quisiera ser libre, tener paz, llegar a un lugar donde yo diga: ‘Aquí estoy. Voy a ver qué hago de comer. ¿Niñas, qué quieren de comer?’”.

 

Benjamin Schwab es investigador en el proyecto de investigación teológica “Reconciliación a partir de las víctimas” de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Estudió teología y ciencias sociales en Alemania, Los Países Bajos y El Salvador y ha trabajado como investigador y consultor en temas relacionados a la construcción de paz y el desarrollo humano en varios países. 



elfaro

Related posts

La playa de Bayas incumple la normativa para acoger perros, señala el Principado

admin

Ingenieros agrónomos galardonaron al senador Adriano Sánchez Roa

admin

Bogotá anochece orando bajo la mirada de un inmenso papa de luces led

admin

Leave a Comment

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.