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Niñas a la defensiva nunca más


Una amiga me preguntó un día desde cuándo le había hablado yo a María, mi hija de cuatro años, de la vulva y el pene. Le contesté que desde que nació siempre le dije vulva, pene, al referirme a nuestros órganos genitales y al de su padre. Como siempre dije cara, nuca, ano, nalgas, estómago, rodillas… Nunca minimicé los nombres de esas otras partes del cuerpo. Esa misma amiga me preguntó, otro día, a qué edad le dije a mi hija que su vulva es suya y que nadie se la puede tocar. Le contesté que desde muy pequeña también. Sin embargo, aquella pregunta me dejó pensando.

Recordé el día en que estaba bañando a María y ella me preguntó quién podía tocar su vulva. Recordé cómo le contesté que nadie tenía derecho a tocar su vulva excepto, y con su consentimiento, cuando tocaba limpiarla en el baño o al bañarla, y que eso les corresponde a su mamá, su papá, la señora que me ayuda a cuidarla, su abuela y sus tías.

Aquella plática con María me hizo reflexionar acerca del cansancio de criar a nuestras niñas a la defensiva, en un país en el que los violadores y abusadores son el pan de cada día. Las niñas, las adolescentes y las mujeres tenemos, siempre, una actitud defensiva: en la calle cuando nos chulean (si es que no nos manosean); en el trabajo ante los hombres que se quieren pasar y buscan algo que no estamos ofreciendo; algunas en la casa, con el marido, con el padre, con los hermanos; en el parque; en la playa; en las fiestas; en la vida misma. Lo más triste es que lo hemos normalizado, como parte de nuestras vidas.

A María, desde hace un tiempo, se le ha metido en la cabeza que quiere ser policía. Un día de estos estábamos armando un rompecabezas cuando me contó que un niño de su clase le había dicho que ella no podía ser policía, pues era niña y solo los niños pueden ser policías. Yo le expliqué que ella podía ser lo que quisiera ser, que los niños y las niñas tenían las mismas posibilidades de desarrollarse en lo que quisieran y que si quería ser policía podía llegar a ser una muy buena. De inmediato, me preguntó por qué no le iba a explicar eso a su compañerito de colegio. Ahí me di cuenta de que sería fabuloso que las madres de cada niño les explicaran que tanto ellos como las niñas tienen el mismo derecho a desarrollar sus intereses, que no existen carreras de hombres y carreras de mujeres, oficios de hombres y oficios de mujeres, sino simplemente profesiones y oficios.

Insisto, estoy cansada de que buena parte de la crianza de mi hija sea a la defensiva: que no la toquen, que no le digan que no es fuerte, que usted no es fea, que si le gustan los carros no hay problema, que puede ser policía, que su color no tiene por qué ser el rosa, que el verde y el rojo también pueden ser sus favoritos, etc. ¿Por qué no criamos desde pequeños a los niños y las niñas en el respeto mutuo? ¿Por qué solo nosotras, las madres de niñas, tenemos que enseñarles que nadie les puede tocar la vulva o las nalgas, que nadie les puede pegar, o que nadie las puede ofender? ¿Por qué las madres que están criando niños, desde muy pequeños, no les dicen que nadie les puede tocar el pene y que también ellos tienen que respetar las partes íntimas de las niñas? ¿Por qué no les dicen que a una niña, como a un niño, no se le insulta? ¿Por qué a menudo no les enseñan que las niñas y los niños valen igual? ¿Por qué no les enseñamos que valemos lo mismo, independientemente del sexo que tengamos? ¿Por qué seguir naturalizando las diferencias biológicas como diferencias sociales? Si esto cambiara quizá ya no tendríamos que criar a nuestras niñas a la defensiva. Quizá podríamos comenzar realmente a construir una sociedad de hombres y mujeres en igualdad de condiciones.

Hace unas semanas, una persona cercana me hizo un comentario que he escuchado de varias madres: me contó que su hijo, de unos 9 años, era muy coqueto y que una vez le agarró las nalgas a la trabajadora doméstica, y me dijo que “la muchacha” se reía cuando el niño lo hacía. Ella misma se rio contándome el cuento.

Yo no reí. En ese momento tuve ganas de decirle que, seguro, a la trabajadora doméstica no le gustaba que el niño le agarrara el culo; que, seguro, se reía porque no quería perder su trabajo. También quise preguntarle qué pensaría si un niño de 9 años le agarrara el culo a ella. No le gustaría. Seguro. Y sobre todo, le quise preguntar por qué no le dijo a su hijo que lo que había hecho estaba mal. No sé si me detuvo el cansancio que me invadió en ese momento o la falta de confianza, pero la situación me hizo pensar que tenemos un grave problema en la crianza. Y nosotras las madres, y los padres, tenemos que ser conscientes de ello. Sí, las madres y los padres.

Mientras criemos a nuestros hijos e hijas en la diferencia, seguirá siendo interminable la lucha de las niñas y las mujeres por ganar espacios dignos, libres de violencia, abusos y discriminación. La crianza igualitaria ha de comenzar desde la panza. Es importante, necesario, urgente.

 

 

Marcela Zamora es documentalista. Entre sus largometrajes más recientes están “Los ofendidos”, sobre las víctimas de tortura durante la guerra civil de El Salvador, y “El cuarto de los huesos”, sobre el trabajo de Medicina Legal para identificar los cuerpos de desaparecidos. Retrato por el fotógrafo Miguel Bueno.



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