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Reelección: el fruto amargo que envenenó Honduras


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Como es cada vez más habitual en el mundo político contemporáneo, el escenario menos esperado se cumplió y contra pronósticos de encuestas y sondeos de opinión, el intento de reelección del gobernante Juan Orlando Hernández, ha sucumbido en las urnas y aunque todavía no hay resultados oficiales que confirmen su derrota, el conteo parcial de más de la mitad de las juntas receptores de voto da la victoria a la Alianza Opositora.

La crisis institucional y de gobernabilidad que ocurrió en junio del 2009, vuelve a apoderarse del vecino país, con los mismos actores que protagonizaron aquel episodio solo que ahora potenciada con riesgos aún mayores. Lo que en aquel momento fue motivo para justificar el golpe de Estado, el intento de realizar una consulta popular ilegal por parte del expresidente Mel Zelaya para conseguir la reelección, ahora permitida por una controversial y también ilegal interpretación de la Corte Suprema de Justicia afín al gobernante Hernández y bendecida por las elites de poder económica, vuelve a poner al país patas arriba con riesgos graves de entrar a una crisis institucional y de gobernabilidad de impredecibles consecuencias.

En realidad, el país nunca recuperó la normalidad perdida en el 2009, desde entonces se agudizaron los conflictos sociales, aumentaron los asesinatos de periodistas y activistas sociales y la corrupción siguió tan galopante pese a las marchas e indignación social que provocó en el 2015. La creación de la MACCIH, una mala copia del experimento guatemalteco pero que funcionó bien para bajar la presión nacional e internacional sobre el gobierno de Juan Orlando, no ha logrado ni por cerca los resultados que tuvo CICIG en el mismo tiempo de existir y difícilmente lo haga con un mandato tan restrictivo y limitado.

Es en ese contexto de negación de los problemas estructurales que aquejan al país por parte de las elites dominantes y gobernantes, que la alianza opositora que hoy proclama el triunfo electoral, a pesar de reunir en su seno un verdadero arcoíris de corrientes políticas e ideológicas contradictorias, pudo recoger el descontento ciudadano y llevar eventualmente al poder a una coalición que en sí misma podría ser ingobernable.

Con el triunfo electoral de la alianza opositora, el expresidente Mel Zelaya, expulsado en pijama del país y a quien se acusaba de ser un infiltrado del grupo de países alba, vuelve al poder y más recargado trayendo consigo una amplia gama de grupos sociales y políticos de apoyo, con lo cual las elites lo único que lograron fue dilatar y agrandar la crisis que hoy ellos provocaron con la aventura de apoyar la reelección presidencial negada a Zelaya pero buena y aceptable siempre cuando sea a favor de uno de los suyos.

Lamentablemente, los procesos electorales cuando nacen viciados o alterados por decisiones que no gozan de apoyo ciudadano ni constitucional como es el caso de haber dado luz verde a la reelección abierta y tácitamente prohibida en la Constitución de Honduras, solo pueden tener como resultado profundizar las divisiones y polarizar aún más el ambiente, lejos de ser un respiro y una oxigenación para el sistema.

El triunfo de la alianza opositora al final fue un referéndum para decir no a la reelección y configura un panorama muy complicado para la gobernabilidad del hermano país que a causa de líderes y elites irresponsables se sigue arrastrando por el despeñadero.

clubwifiusa


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