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Cuáles son los índices del agua uruguaya


Seguimos el Dow Jones minuto a minuto, sabemos que está en niveles récord y podemos desmenuzar al enésimo detalle el porqué de su comportamiento. Por sectores, por empresas, por lo que dice uno y otro analista. Cruzó los 23.000 puntos y sigue subiendo, tal vez sea una burbuja.

No tenemos ni de cerca esa precisión en los datos que refieren a la composición del agua que bebemos, en la que nos sumergimos, de la que pescamos. No sabemos qué tiene el agua de la rambla de Montevideo, ni la de la rambla de Colonia ni de la de Mercedes. O al menos quien escribe no lo sabe y no cree que Google tenga la respuesta online como la que me da cualquier página financiera sobre el Dow. Una búsqueda de “Uruguay calidad de agua” da resultados vagos y contradictorios.

Son las 5 de la tarde de un lunes feriado de octubre en la costa de la capital uruguaya. Gente de todas las condiciones camina por la rambla a la altura de la embajada de EEUU. Gente de todas las razas festeja la primavera y más de uno ha salido a pescar. La tormenta se avecina. La calma ante la tempestad es un momento propicio para la pesca.

Las roncaderas alternan con los bagres amarillos. El invierno lluvioso lleva a que en el estuario el agua dulce gane parcialmente la pulseada a la salada. A las roncaderas poco les importa la salinidad, pero a los bagres el agua salada los liquida sin piedad. Es curioso, también ha salido un burel, que con el agua dulce no se lleva. Es maravilloso el estuario y su diversidad ictícola.

En la semana pasada murieron por miles los peces en el río Negro, porque en la represa de Palmar los dejaron súbitamente sin agua. Las protectoras de animales no se escucharon. Como muchas veces pasa, la muerte arbitraria de un perro genera mucha más indignación que la muerte de miles y miles de peces. Como con la composición del agua, poco sabemos sobre lo ocurrido y nadie hará una revolución por ello.

He salido a la rambla a buscar inspiración para esta columna. Y creo que vale la pena reflexionar sobre las asimetrías en materia de muertes, información y opinión pública. Esta semana un mega atentado en Mogadiscio, capital de Somalía y en un pestañar ha cegado la vida de 371 personas, civiles inocentes de toda inocencia que caminaban cerca de los camiones repletos de explosivos.

Si hubiese sido en otro país no se hablaría de otra cosa. Como los peces del río Negro, cuentan mucho menos que si un loco en una capital del primer mundo matara a una sola persona en el mismo acto absurdo. Ni seguimos de cerca la marcha de la epidemia de cólera que junto a la hambruna provocada por una eterna guerra civil de chiítas y sunitas está terminando con la vida de miles y miles de niños.

Volvamos a la rambla fuente de solaz primaveral, por ahora la preocupación por atentados no nos llega a este rincón austral. Veo a tres pescadores que parecen bastante profesionales, las boyas de sus líneas nunca se hunden, pescan extremadamente cerca de la orilla rocosa. Levantan con inusitada violencia. Me acerco, veo más de 20 lisas capturadas y un grito que me saluda.

Nada menos que el porteño, uno de los tantos lobos de mar que llevan a Rampla en el corazón, una especie de Popeye que me estruja contento y me cuenta de su trabajo en la draga y que “estando en tierra no me pierdo un partido”. Sus cachetes rosados, su mostacho y su mirada tintineante me enseñan de la felicidad simple del laburante.

Hay bajante y se puede caminar por un terraplén anexo a la rambla y frecuentemente sumergido. Una mujer joven va con cuatro niños de no más de 5 años. Se abre como una gruta impenetrablemente negra una alcantarilla. “¡Qué olor a mierda! Grita un niño. ¡Mierda! ¡Mierda! Grita un segundo. El más chico de todos dice “Si hay alguien adentro que salga y pelee”. La mujer lo reprocha y le pide que se apure. El aroma, ciertamente no es puramente a mar. Los niños y su reacción hablan de la sociedad en que vivimos.

Pienso que realmente la costa uruguaya es algo único en el mundo y que nuestros antepasados fueron sabios o suertudos en elegir este lugar. Subo a la explanada para volver.

Una vez más la proliferación de plásticos me abruma. Imagino a un Uruguay que convoca a los oceanógrafos a pensar una política de defensa de la biodiversidad acuática uruguaya. Imagino que las corvinas vuelven algún día a la costa, que las represas se estudian para optimizar su fauna, imagino que la ciudad y toda la costa celebran una invasión de tachos de basura que vienen en pareja: orgánico/inorgánico. Imagino que los turistas e inmigrantes ven todo lo mismo pero con plástico, cartón, goma, vidrios desparramados en el piso. Imagino que algunos anónimos finalmente se aburren de vandalizar los servicios públicos y los tachos sobreviven y se usan.

Pienso que así como está la costa y nuestros ríos, son una enorme oportunidad de la naturaleza no plenamente aprovechada y añoraría que los políticos de todos los partidos hablaran de eso y acordaran. Si ha habido una buena recuperación de las dunas ¿porqué no seguir con la recuperación de la calidad del agua?

¿A qué científicos encomendarían los políticos esa recuperación de esas aguas? Uruguay ha aprobado este año un código de aguas y se apresta a votar una ley de riego que ya tiene media sanción. ¿Pero qué debate hay sobre el más vital elemento que compone la mayoría absoluta del peso de nuestros cuerpos? ¿Qué tomamos cuando tomamos un mate, un café o un té elaborado con el agua que sale de las canillas? ¿Como es la distribución geográfica de la composición del agua en Uruguay?

Y mientras pienso qué oportunidad fantástica si tuviéramos las aguas límpidas y la pesca costera que conoció mi padre en su infancia, qué aún más maravillados quedarían los visitantes si no se viera una sola bolsa de nylon en el paisaje, sigo pensando cuál será la exacta composición de esas aguas de las que acaba de salir el bagre amarillo y bigotudo que será la cena del vecino que espera concentrado un nuevo pique.

¿Qué tiene el agua en los termos de los paseantes materos? Un crítico del capitalismo diría que las finanzas en la práctica importan más que la salud nuestra y del planeta. Y en principio deberíamos admitirle fuerza en su argumento. Sabemos más del lejano Dow que del agua que sale de las canillas.

Imagino que la mejor respuesta de la economía de mercado sería la de unos jóvenes diseñando una aplicación que dice en tiempo real la composición del agua de la costa y de la que sale de la canilla. Podría hacerse un índice de calidad de aguas y saber cada día en cada hora y minuto si esa calidad va en alza o en baja.

Estoy seguro que en algún cowork de la zona algún joven cibernético lo resolvería con unas boyas y un software. Y tal vez la app cotizara un día en un índice bursátil. Imagino que miro ambos índices cada mañana celebrando el descenso del indicador de impurezas hasta llegar algún día al cero. Porque en este caso bajar es subir. El Dow esta semana sigue marcando récords, cruza por primera vez los 23.000 puntos y eso significa millones a los accionistas. ¿El agua uruguaya en sus índices de calidad, qué tendencia tiene?¿ Y que significa eso para la salud de los uruguayos y los peces?



elobservador

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